Ruta de San Miguel, Molino Quemao, Las Rinconás, La Dehesa y abrazo a una encina centenaria.

Dificutad: Fácil

Tiempo en movimiento: 1 hora 42 minutos.

Km totales: 7,05 km.

Desnivel acumulado: 86 m (de 1237 m a 1131 m).

Modalidad: circular.

Descripción resumida: Salimos de la plaza de La Hija de Dios hacia el puente, giramos a mano derecha dirección San Miguel, pasamos la ermita, cogimos el camino de la derecha para caminar por El Chaparralejo que linda con el término municipal de Narros del Puerto, cruzamos las puertas de la Dehesa de Herreros para llegar al Molino Quemao, pasamos el río para coger el camino de Las Royás viendo Las Rinconás y Los Vallaos a nuestra derecha, hasta el cementerio, donde seguimos entre La Mojea y La Dehesa para llegar al camino que lleva a Baterna, donde abrazamos una encina centenaria y volvimos con la puesta de sol admirando Serrota al fondo.

Descripción detallada: Salimos a las 19 de la plaza de La Hija de Dios, calle Carretera abajo hasta el puente, donde nos unimos un buen número de personas (¡un grupazo!), con buen rango de edades y acompañados de tres perros también.

Comenzamos cogiendo el camino de San Miguel, pasado el puente a la derecha:

Continuamos por el camino viendo Valderreina, el cerro con sus rocas de formas caprichosas a nuestra izquierda y sus tierras de cereales a sus pies, frente a la ermita de San Miguel. Dejamos dicho templo a nuestra derecha, la Cruz de Piedra a nuestra izquierda para coger el camino de la derecha, el Cordel de Las Merinas:

Dicho cordel, que viene desde el Zauceo y lleva a La Torre y prosigue hasta León, es una vía de trashumancia, de paso del ganado. Avanzamos por El Chaparralejo, tierra de cereales, excepto alguna parte de estas tierras de laboreo que se sembraba de patatas, y que se regaban con un pocito.

Con todas las descripciones de tierras sembradas de patatas, comenzamos a entender de verdad por qué a los habitantes de la Hija de Dios se les llamaba «patateros» y nos lo confirman recordando cómo se sembraban casi las más de 50 hectáreas del término municipal de este tubérculo y cómo se vendían a “los chivos”, los habitantes de Solosancho y sus pueblos anejos, entre otros.

Proseguimos en paralelo al cordel que linda en el lado derecho con el término municipal de Narros del Puerto, vemos cómo continúa la vía del Cordel de Las Merinas:

Pasadas las puertas de La Dehesa Herreros, continuamos la bajada acercándonos a la valla de la derecha hasta encontrar un paso para cruzar al otro lado:

Y pronto nos encontramos con la pared de piedra de la balsa de “El Molino Quemao”, también conocido por “Molino Burende”. El nombre de este molino parece provenir de la época en la que lo compraron Los Manglanos, los cuales parece que se lo encontraron quemado y lo tuvieron que rehacer:

Allí pudimos observar desde las paredes de la balsa, el deterioro sufrido tras cesar su actividad en los años 80, aproximadamente:

Y subidos a las paredes de la balsa (perros incluidos) pudimos observar por dónde entraba el agua al molino, para que se movieran las ruedas, que aún se ve el eje muy bien:  

Y por aquí entraba el agua en la balsa, y a la izquierda está la trampilla del agua sobrante. ¡El agua sobrante! Con la sequía que tenemos, parece algo impensable:

Después, por la cara del molino más cercano al río, bajamos a ver el interior del sistema del molino, con su acceso de piedras formando las jambas y dintel:

Los recuerdos y anécdotas que nos contaron nuestros vecinos y guías, nos evocaron los bellos y divertidos momentos allí vividos, como los baños en su balsa a modo de piscina natural, la cantidad de agua que llegaba, las excursiones que organizaba la maestra Doña Alejandra con las niñas allí en primavera, con todo lleno de margaritas, campanillas…Idílico. ¡Porque los niños y las niñas estaban separados en clase y daban asignaturas diferentes! Allá por los años 60, las niñas daban costura y religión por las tardes, y a los niños Don Nemesio, escritura o caligrafía y religión. La maestra Doña Alejandra la recuerdan como muy adelantada para su tiempo y sacaba a sus chicas a excursiones como esta con el buen tiempo, y también les buscaba a sus alumnas un colegio en Ávila para que prosiguieran sus estudios a los 14 años, cuando terminaban la escuela, para obtener el graduado escolar y optar a la universidad después. Como curiosidad, el horario del colegio era de 09:30 a 13:30 y de 15:30 a 17:30. Por las mañanas, cada día daban una asignatura: historia, geografía, matemáticas y lenguaje.

 Proseguimos paralelos al río, dejamos a a derecha El Prado del toro, y cruzamos el río de Los Arroyuelos que divide La Colá, para seguir por el camino de Las Royás, que nos muestra Las Rinconás y Los Vallaos a la derecha y la Dehesa de Herreros a la izquierda:

Con El Cogote de fondo, nos sumergimos en las historias de la siembra de estas tierras hasta coger el camino hacia el cementerio y La Mojea:

Dejamos a mano derecha Las Royás y El Prado Boyal (por los bueyes). Hasta aquí llegaba el agua que se guardaba en las balsas de Los Molinos harineros de arriba para regar los huertos sembrados (se regaba de abajo a arriba). Originalmente, había 14 rentas en el pueblo y tenían hombres contratados (un celador) para controlar cómo y cuándo se regaba, allá en los inicios del pueblo (el 20 de marzo de 1941 se compraron las tierras a Ángel y Dolores Manglano).

Nos cuentan que había tanta agua por aquí que tenían que canalizarla con zanjas porque era un trampal, un campo con aguas subterráneas. Si no se saneaba quitando agua, el ganado se hundía y no daba nada el huerto.

Pasamos por junto a Las Cabezuelas, a mano derecha, llenas de vergueras (saúces), que antes también se sembraban. Nos contaron que hubo una encina centenaria, a la izquierda del camino y subiendo el cerro, que hacía las veces de nido de cigüeñas pero que se rompió y se la fueron llevando para quemarla.

Pasito a pasito, sin darnos cuenta, ya estábamos frente a las tierras de La Mojea (de cereales), a ambos lados del cementerio, y junto a la antigua granja de avestruces que hay desde hace unos 25 años.

Cruzamos por un paso al prado, conocido como La Dehesa Boyal, y que llega hasta la iglesia del pueblo, con su cerrillo incluido (El Cerrillo de La Dehesa):

A la izquierda del camino, aún Las Mojeas, y después, la zona llamada La Solana. Llegamos al camino que une La Hija de Dios con Baterna, con una granja de cerdos en la cumbre del cerro, y conocimos los nombres de esta zona: Las Atravesás más arriba y lleno de encinas (que se sembraban perpendiculares al camino), y bajando hacia el pueblo en paralelo en frente, Las Virolientas, El Rincón de Jardumel, Las Cañaíllas (o Cañadillas) y Reguero Carril (todo frente al prado La Dehesa). Y finalmente, los Piojares junto al pueblo.

En este camino que lleva a Baterna, nos juntamos para hacer la foto de grupo con Serrota al fondo iluminada por la puesta de sol:

Con las endorfinas disparadas por la actividad física, nos vinimos arriba y decidimos subir hasta la encina centenaria, cuya circunferencia equivale a 7 personas abrazándola (como pudimos observar):

Finalmente, emprendimos el camino de regreso al pueblo, donde llegamos sobre las 21:20 con este espectáculo de luces en nuestro cielo:

¡Todo un placer de ruta! Por sus paisajes, su historia y, por supuesto, la compañía y el apoyo del Ayuntamiento de La Hija de Dios, porque juntos hicieron posible este encuentro.

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