Entrevista a Clotilde de la Fuente Jiménez:

«Si me hubieras visto subir por ahí arriba deprisa, deprisa, deprisa…¡La gente se asustaba!»

Clotilde (89), La Coti, frente a su casa.

Con la energía, ternura y sonrisa que la caracterizan, Clotilde, La Coti, de 89 años, comparte con nosotros sus vivencias y sabiduría para que podamos plasmar la historia del pueblo, para generaciones presentes y futuras, y preservar así nuestro patrimonio social y cultural.

¿Siempre has vivido en el pueblo?

Siempre, toda la vida. Me iba temporadas a lo mejor a Madrid a trabajar, pero enseguida me venía. Estaba unos meses pero luego tenía mucho trabajo aquí en el pueblo.

¿Trabajo de qué tipo?

Tierras, tenía que trillar, tenía que andar con vacas, tenía que ir a los huertos a cavar patatas, a sacarlas, a regarlas… a todo eso. Y luego criar a mis hijos.

¿Y dónde subíais a trillar?

(Contesta a dónde subía, en general, a trabajar) Al Venero. Y con vacas, a buscar vacas. Yo las dejaba y me venía y luego por la mañana tenía que subir muy deprisa a buscar a ver si no se habían ido a ningún lado o estaban allí. Y si no estaban allí, tenía que ir a otros sitios a buscarlas… Esa era mi vida, bonita.

¿Todos los días?

Todos, todos, todos. Y luego venía y tenía a mis dos hijos, que eran pequeños (Antonio y Soledad).

La vida de antes pues era así: trabajar mucho… Bueno, había quién no porque otros a lo mejor no han hecho lo que yo, pero vamos, mucha gente era muy esclava. Se dice esclava porque se trabaja mucho en el campo.

¿Y ganado teníais?

Claro, las vacas que te digo. Las llevaba a Las Goyas, al Venero y me venía a trabajar al campo, al huerto… También he andado con ovejas de joven, de un tío mío.

¿Ordeñabas?

A las vacas sí. Y luego venía una lechera, un camión, a recogerlo a la plaza. Paraba ahí el camión y le sacábamos los cubos de leche y lo que tenías y luego ya, te pagaban. Eso no hace tanto.

¿Y dónde subíais?

Las Goyas y el Venero… ¡si te parece! ¡Eso lo he andado yo casi más que por aquí! Si vieras cuesta arriba qué garbosa iba, maja. A Lancha Correra también. Y pasabas por el molino muchas veces. Había dos señores, que se llamaban molineros; a ellos se lo dabas (el grano) y ellos te lo hacían harina

¿Y se quedaban una parte?

Ya ves, había que darlos algo, hija. Y luego hacías pan, con harina, había un horno.

¿Dónde estaba el horno?

Había dos, en la calle principal. Nosotros siempre íbamos al que le dabas un pan, te ayudaba a hacerlo, a amasarlo, y luego calentaba el horno y lo cocía ella. Luego la dabas un pan.

¿Cada vez que ibas hacías un pan y el dabas un pan?

Sí, ¡pero sacabas muchos panes! A lo mejor, se le daba una fanega, de trigo, que se lo dabas a los molineros, te lo molían, te lo traías y luego lo llevabas al horno, hecho harina. Y la señora del horno te ayudaba y, como te ayudaba, tenías que pagarla. Tú nada más que ponías la harina y la levadura. Y la ayudabas a hacerlo. Y llevabas la leña. Ella era porque ponía el horno y te ayudaba a hacerlo. Había quien la daba dinero y nosotros la dábamos un pan. A lo mejor lo que hacías te duraba 15 días.

¿Y no se ponía duro?

Pues lo último a lo mejor sí, pero…

Luego teníamos una fragua, donde iban los señores a arreglar eso de arar… ¿Cómo se llamaba? ¡Las rejas se llamaban! Era una cosita para hacer surcos.

¿Cómo?

Tú enganchaban las vacas a un yugo, que había dos vacas, y luego el arao se le ponía en una cosita que había, se enganchaba y ellas hacían los surcos. Y las rejas se ponían en el arao.

(Volviendo al trabajo en el campo)

Si me hubieras visto subir por ahí arriba deprisa, deprisa, deprisa…¡La gente se asustaba!

A lo mejor había una vaca para parir y yo me iba a asomar, y a lo mejor no había parido. Había días que subía y bajaba tres veces.

Recuerdo un día que una vaca había parido pero no echaba “los pares”. Yo he sido muy miedosa, eso es lo que me ha pasado. Miedosa para el ganado y las cosas esas…

Cuando paría el becerro, pues detrás echaba “los pares”. Estuve un rato pero ya luego me tuve que venir a la comida y las cosas, que tenía mi hijo aquí conmigo (la hija creo que estaba en Madrid). Y le dije: “¡Ay, Toñín!” (se llama Antonio, pero le llamamos Toñín), “ha parido la vaca un becerro pero no echa las pares” (era muy tarde). Y me dijo: “Mamá, pues ahora nos vamos” (yo tenía miedo de que se lo comiera). Así que, anochecido, subimos los dos.

¿Con alguna luz?

Nada, iluminados por la luna. Me senté en unas lanchas, vamos, los dos, por Lancha Correra, en un huerto que había muy grande. Luego las echó rápido, no tardamos mucho. Y nos vinimos más contentos… Las tiramos, y nos vinimos a casa. ¡Pero ese valor! De noche con un niño… (unos 14 años) Tuve valor, maja. “Menos mal que hemos estado poco, decía el pobrecito”.

He sido muy valiente. Y lo sigo siendo. A mí no se me ha puesto nada por delante. Si he tenido que hacer una cosa, la he hecho.

(Volviendo a la vida en el pueblo)

Antes había mucha gente aquí. Ahora ya ves, no hay nadie. Había niños, íbamos a la escuela todos juntos. Luego hicieron dos escuelas y ya no, pero de primero íbamos todos juntos, niños y niñas. Nos enseñaban a leer y a escribir. Y luego jugábamos, al corro de la patata… ¡y con lo que había antes!

Los hombres se iban a trabajar fuera y se quedaba la mujer y los hijos. La vida era muy esclava… Tú ves el campo, que es muy bonito, pero es para verle. Pero luego, para trabajar en él…

Luego había que ir al heno. Lo segaban con la guadaña, los hombres, y lo tenías que recoger un día, y luego meterlo con un carro en el pajar. Luego de último, ya alpacas, que las hacían, pero antes no. En el pajar con una horca lo metías, suelto, y lo colocabas bien. Y luego las patatas también se guardaban en el pajar. Se cogían muchas patatas, muchas, muchas, muchas…

Las gallinas, de día en la calle y luego ya las recogías por la tarde. ¡Pitas, pitas! (haciendo el gesto). Comían trigo, centeno y todo lo que pillaban. Cuántas gallinas ponían en la calle y andaba gente a ver si e los encontraban. Decían eso, pero luego no se los encontraban. Mi madre tenía gallinas y yo tenía 3 o 4 pero luego ya las quité.

(Para bajar a Ávila y Madrid)

Había una camioneta, chiquitita, no creas que como la que hay ahora. Se llamaba camioneta porque era un coche, y entraban veintitantos, ¡y todos los que podían!. Mucha gente iba de pie si les corría prisa.

Con este retrato costumbrista que, pese a su dureza, nos ha relatado nuestra vecina Clotilde, siempre llena de cariño y sonriente, nos podemos hacer no solo un retrato de la vida de antes (desde los años 30 en adelante), sino una película completa, llena de detalles y curiosidades. Casi podemos sentir el cansancio del duro trabajo, oler el pan del horno y ver a las gallinas corretear. Sin olvidar la fuerte admiración que Clotilde y otros vecinos de La Hija de Dios, pero en especial todas las mujeres de estas tierras, despiertan en nosotros. Son su valentía y dedicación lo que ha propiciado que nuestro pueblo exista. Unas cualidades que perduran, pese a la edad, en personas como Clotilde porque llevan en su sangre el tesón y el saber hacer.

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